martes, septiembre 18, 2007

SONETO



Un rostro deshilado mortecino
Hace un minuto ya no lo recuerdas
Un celaje de luz sobre las cuerdas
De un abismo que borra su destino

Ese eres tú insobornable peregrino
Un pequeño paisaje aunque te pierdas
Heredero del mundo y de sus mierdas
Un don nadie cabreando en el camino.

No te la des de don porque es engaño
La experiencia que suma cada año
Al vacío febril de tu existencia

Por más que vistas de color la tarde
Es noche incierta un indeciso alarde
Nada pinta de luces tu conciencia









jueves, septiembre 13, 2007

LA NOCHE SILENCIOSA



Que larga es la ribera de la noche,
Que larga es.


Leopoldo María Panero
La canción del indio Crow


Solo el loco tiene noches largas y pobladas
Sólo el loco tiene mundos para dispensar
Solo el loco tiene opciones y canales
Sólo el loco tiene locuras como salvación.

Por un camino largo en blanco y negro
Árboles en blanco y negro
Ríos en blanco y negro
Luvia en blanco y negro
Va el loco o no se sabe si regresa.

Lo cierto es que el loco marcha
Sin la prisa de los mortales
Con un gozo que nadie puede descifrar

Con una risa que no se cansa
Y un día que no tiene almanaques
Aplaudamos al loco
Saludemos al loco
Buenos días loco
Buenas noches loco

Sigue regando risas
Y construyendo caminos
Por las noches infinitas

Ningún fuego te quema
Ningún temor te abstiene.

Te saludo desde aquí
desde esta noria larga
y esta vuelta en torno de una sombra
que nunca termina.

La noche silenciosa



Que larga es la ribera de la noche,
Que larga es.

Leopoldo María Panero
La canción del indio Crow

Solo el loco tiene noches largas y pobladas
Sólo el loco tiene mundos para dispensar
Solo el loco tiene opciones y canales
Sólo el loco tiene locuras como salvación.

Por un camino largo en blanco y negro
Árboles en blanco y negro
Ríos en blanco y negro
Luvia en blanco y negro
Va el loco o no se sabe si regresa.

Lo cierto es que el loco marcha
Sin la prisa de los mortales
Con un gozo que nadie puede descifrar

Con una risa que no se cansa
Y un día que no tiene almanaques
Aplaudamos al loco
Saludemos al loco
Buenos días loco
Buenas noches loco

Sigue regando risas
Y construyendo caminos
Por las noches infinitas

Ningún fuego te quema
Ningún temor te abstiene.

Te saludo desde aquí
desde esta noria larga
y esta vuelta en torno de una sombra
que nunca termina.


Angel Maldonado

viernes, mayo 04, 2007

Extra breves ׀ porciones extra


Primera porción

Las avispas nunca eligen a los sujetos de sus ataques. Por el contrario es el victimario que tras búsquedas inconscientes dirige, casi siempre su rostro en primer plano, su camino hasta el avispero. Cuando su mirada logra avisar a los sujetos de su búsqueda ya es víctima. El beso y el encuentro son un mismo acto.


Segunda porción


No sólo los muertos pasan de largo. También los vivos, los casi muertos, los histéricos, los blandengues, los héroes y los pensativos. Los héroes nunca pasan de largo. Siempre miran desde alguna fila, al mundo que avanza. Su peso lo llevamos durante toda la vida.

lunes, abril 30, 2007

CUARTO NÚMERO ALBORADA

El Comité Institucional de Publicaciones de la Universidad de Puerto Rico en Utuado puso en circulación el cuarto número de Alborada, revista institucional interdisciplinaria de dicho recinto. Esta edición de la revista que dirige la doctora Sandra Enríquez Seiders incluye los artículos Política y azúcar: los dos amores de la alcaldesa Marty de Lajas de Sandra Enríquez; La globalización, los medios y nuestra juventud, de Pedro Cartagena; Los niños índigo mito, realidad o fraude de Reinaldo Saliva González; El simbolismo en el grabado de la Mujer de Cagüana de Roberto Martínez Torres, y Puerto Rican Spanglish, de Orville Villanueva. El poeta y profesor Antonio Ramírez Córdova colabora con un artículo sobre el pelotero Luis Rodríguez Olmo.
Colaboran también Ferdinand Padrón Jiménez con el estudio sobre Vicente Huidobre titulado: Un rebelde en busca de su propia voz y Margarita Rivera Ford aborda los temas del genio y la obsesión en Marie Curie. Luis Cortés Collazo publica el cuento La electricidad que recibiera el Primer Premio en el Certamen del Ateneo Puertorriqueño en el año 2004.
La revista contiene también poemas de Lourdes Torres Camacho, Pedro Santaliz y Nellie Bauzá Echevarría. El arte y el diseño de Alborada son obra de Ángel Maldonado Acevedo, y las fotos de portada y contraportada, alusivas a la nueva biblioteca de la Universidad de Puerto Rico en Utuado, son de Pedro L. Cartagena.

domingo, abril 29, 2007

NUEVOS MICRORELATOS DE ANGEL MALDONADO


Epitafio para una revolución fracasada

Están llorando todas las estatuas.

Serás inédito

Era un relato tan breve y tan breve, que en una milísima de segundo de ofuscación el autor lo perdió entre sus dedos. De la historia quedó tan sólo el título.


El libro de las sorpresas

He tocado el paraíso, dijo el poeta, mientras sus ojos denunciaban una sorpresa que nunca terminaría.


El escritor

Desde el fondo de aquel día inútil, vacío y lento, apareció la palabra, el milagro que nunca esperaba. La vida no pasa en vano, pensó. Apuntó el signo en el papel y las otras palabras fluyeron como un río milagroso.


El plagiador

Siempre plagiamos. Alguien antes había organizado lo dicho de otro modo, aunque nunca lo hubiera hecho público. El lector siempre descubre paisajes que estaban latentes en su conciencia, o en su recuerdo. Sobre todo, somos el Cervantes que el porvenir descubrirá.

Calma

Pudriéndose inevitablemente, a una orilla de la mesa, la fruta murió en su propio perfume. Ni la boca hambrienta ni la mirada estética. Nadie se acercó. Hay vidas que se deshacen sin impacto, hundidas en su propia soledad, nadie las convoca. Nadie.

La vida breve

Jiménez, el del anuncio de las pinturas, tuvo una vida de treinta segundos cuya repetición duró unos tres meses. Casi todos se olvidaron de Jiménez. Algunos sin embargo, lo repiten en sus gestos, en la manera de expresar sus desencantos y sus descubrimientos. Como decían los antiguos, Jiménez vive.

jueves, marzo 15, 2007

LADY CHATERLEY REVISITED

De noche todos los gatos son pardos
pero el amor no es ciego.
No se entregó por inocencia el pecho fértil
ante la mano temblorosa
al fondo del jardín.
No gozó de ;as sombras
no se inventó su luz propia
la sombra del amor.
No fue osado por inocente o juvenil
el fiel amado.
No calló las preguntas
porque no hubiera sabido preguntar.
En el fondo no fue todo tan tímido o volátil.
Ni fue casualidad de aquella brisa
que le trajo
campanadas de asombro y el misterio desterrado
en medio de la noche.
No crean que fue el amor tan ciego.
Fue un pasajero incógnito que todo lo previó.
La sombra del almendro
el pecho semidesnudo
la veredita llena de ríos.
La espera de estallidos silenciosos
en torno de las rosas
que estuvieron a punto de cantar.
Y hasta todos los besos
uno a uno
cuando navegó sobre su piel
y anduvo los contornos de sus cavidades
con brújula segura.
No fue ciego el amor
ni tampoco ignorante.
Fue que al mundo lo inventaron así
para el despiste.

martes, enero 02, 2007

POEMA DEL DÍA DESPUÉS

Las revoluciones se enfriaron
cuando apenas dieron los primeros gritos.

Las milicias urbanas se dispersaron sigilosamente
hacia el silencio del confort.

Reinó el tirano como antes había reinado
con voz de terciopelo y códigos confusos.

Nadie osó desafiar el infortunio
de haber perdido una revolución.

La vejez y el buen vino
los autos primero de Detroit luego de Europa
los compromisos fiduciarios y el retiro
acabaron con toda la poesía
que al principio reinó.

Apenas sobreviven unas cuantas consignas
abrazadas al eco de luchas primitivas.

Después ya se luchó por otras causas
pero no convocaron más a la poesía
aunque llamábanse todavía poetas.

miércoles, noviembre 22, 2006

La vida y las telenovelas


Amanda nunca se pierde la novela de las tres. Ese compromiso de estar frente al televisor, ansiosa por ver como se desenvuelve Trina en ese círculo de pasiones y trampas que son las telenovelas, le obliga a hacer todas las tareas por la mañana de manera que pueda estar descansada cuando se acerca la hora y el reloj de la pared de la cocina le sigue como un tormento. Cuando faltan cinco minutos el teléfono está desconectado, la puerta del frente herméticamente cerrada, las ventanas también cerradas para que los rayos del sol no le obstruyan la mirada cuando Trina, visiblemente enojada, casi histérica, le grita a Armando que alguien pagará las consecuencias de la traición y Armando pidiendo calma, comprensión, con un dejo que solamente Amanda sabe que es para ganar tiempo, el tiempo que le permita ubicarse en una situación de mejor dominio ante Trina que hoy, en este capítulo, está irreprimible. Bueno, la cosa no es para contar toda la novela, que otras también se sacrifiquen yo por la mañana cocinando y lavando ropa, fregando platos y barriendo, recogiendo trapos sucios de cada esquina y viviendo los sinsabores de una madre de adolescentes que a esta hora gracias a Dios todavía están en la escuela y le permiten asistir a la novela en su totalidad, ese capítulo de hoy que es tan bueno como el de ayer y que permite ser mejor que el de mañana. Cuando faltan apenas dos minutos Amanda es un sueño desgajado en el cómodo sofá. Ya la entrega es inevitable cuando pasan el anuncio de Johnson and Johnson y cuando la modelo luce el traje de manera que la fragancia parecer correr por la pantalla del televisor a Amanda le parecen los treinta segundos más largos, una eternidad hasta que en un latir el final del comercial enlaza con la música que sirve de tema introductoria de la novela y la sangre le vibra en el cuerpo. Es el momento del gozo supremo que la atraviesa mientras se repiten, de forma resumida las últimas escenas del capítulo de ayer, que le permiten enlazar la trama, atar los cabos y repasar sus pronósticos. Con quién se quedará Armando, será tan intensa la pasión de Trina como para llevarla a revelar el secreto que parece desbordar su ira. La primera ronda de comerciales le permite una reflexión más densa sobre los próximos pasos que darán los personajes. También musitar qué idiotas son los hombres y que tontas las mujeres. Si no fuera por estos ratos estaría perdida. A todas nos pasa lo mismo, en todas partes, en la vida y en las telenovelas.

sábado, octubre 28, 2006

MICRORELATOS A LA BORICUA


Haciendo realidad el pensamiento de Baltasar Gracián de que lo bueno si breve es dos veces bueno, el poeta y periodista utuadeño Angel Maldonado Acevedo ha dado a la luz El minutero y otros laberintos. El libro, que es la primera publicación de la colección Riobibí ediciones, se inserta, dentro de la tradición literaria que incorpora ficción y crónica, reflexión y narrativa.
Maldonado Acevedo había publicado anteriormente el poemario Memorial de otro tiempo (1998). Su obra se encuentra dispersa en revistas de Puerto Rico y del extranjero. En la década de 1970 fue cofundador de la Revista Literaria En el país de los tuertos. Su poesía ha sido premiada por el Ateneo de Ponce en dos ocasiones y por la Revista Ariadna de Madrid. Su afición por el texto breve en prosa se remonta precisamente a los años de esa revista en los años 70. Posteriormente, indica en una nota del libro, retomó el trabajo con textos breves los cuales son entregados al público lector en esta colección.
El autor, que ha atendido como crítico los géneros hiperbreves, considera que este tipo de texto armoniza con los tiempos de una sociedad en perpetuo movimiento donde toda voz literaria tiene que asumir la multiplicidad de registros.
Los textos breves, fragmentarios, se acomodan a la narración de inimaginables episodios de la vida. El autor se apoya en las teorías de Paul Virilo e Italo Calvino. En un reciente ensayo Maldonado Acevedo escribía que "tal parece que el relato breve llegó para quedarse en la era de la rapidez y de la liviandad. Se apoya y se sustenta en las características fundamentales de nuestra era que son la concentración y la velocidad. Se ajusta a espacios de tiempos múltiples, alterando la linealidad narrativa tradicional. Su espacio narrativo arranca atisbos a la nada, casi para crear un mundo en el vacío."
Trabajar con textos breves conlleva un intenso juicio, para evitar caer en las simplezas de la literatura banal. En el ensayo anteriormente citado el propio autor nos dice, hablando del micro relato, que la brevedad del género requiere unas exigencias estilísticas y de discurso que se acomoden a los propios reclamos de esa narrativa. La dificultad se acentúa en la medida en que el mini relato se fabrica en los linderos del ensayo breve, del poema breve, del chiste, de la anécdota trivial, del sketch cómico televisivo y hasta del comic.
El minutero y otros laberintos está dividido en cuatro secciones que el autor ha llamado laberintos. La primera In verso veritas recoge testimonios sobre el proceso creativo. Son textos que se ubican entre el poema en prosa y el texto de reflexión. Anticipan una especie de ars poética y recorrido existencial del autor. La segunda parte incluye crónicas, unas breves y otras no tan breves, del entorno. Es el espacio conformado por la memoria con sus aciertos, sus trampas y traiciones. La tercera parte, titulada Al pié de la página, recoge textos brevísimos caracterizados por su condición de reflexión crítica o metaliteraria. En esta sección se aborda, como lo han hecho muchos autores, la reescritura de microtextos de autores del canon literario como los son Augusto Monterroso y Julio Cortázar. La última y cuarta parte recoge, bajo el título de El minutero, unos veinte relatos brevísimos. Aquí los hilos del laberinto se dispersan en un cuerpo narrativo que recorre los temas y opciones narrativas más diversas.
El minutero y otros laberintos se une a una tradición que desde la última mitad del pasado siglo han cultivado autores como el mexicano Juan José Arreola, el guatemalteco Augusto Monterroso y el argentino Marco Denevi. Son en definitiva, breves textos que se presentan como un rompecabezas, literario donde se monta la autobiografía como discurso indescifrado de una marginalidad que también ha gozado de sus encantos. El libro podrá conseguirse en distintas librerías del país. Ediciones Riobibí está en proceso de editar libros de otros autores de la montaña puertorriqueña.


Ediciones Riobibí
riobibi@yahoo.com

787-787-604-6700
787-597-8430

lunes, mayo 29, 2006

MANOS Y CORAZÓN

Manos y corazón, mujeres para la historia
Antología de historias de mujeres

Tiene razón la profesora Sandra Enríquez cuando en el prólogo de esta colección dice que estas historias se interceptan con la historia oficial, tal como la conocemos, tal como nos la han enseñado en la escuela.

Esta colección de breves ensayos se inserta en la tradición de la nueva historiografía que busca rescatar el lugar de los que han pasado sin historia y asignarle roles, protagónicos o no protagónicos, a los personajes que han sobrevivido en las memorias, en especial en las memorias de la marginalidad. En tiempos cuando todo lo que hacemos está marcado por el glamour y el soporte mediático, los personajes de estas historias nos devuelven la verdadera dimensión y valor de las historias cotidianas.

Yo me he acercado a estas historias con un ojo estrictamente aficionado. He buscado en ellas los resquicios o filones de una tradición que me pertenece, por ser hijo de una madre campesina que recogió café, hiló tabaco, preparó leña para las hogueras y cosió guantes. Estas historias tienen una gran riqueza, pues nos dan la certidumbre de que la vida de nuestra sociedad se ha construido sobre el trabajo de las mujeres, en las distintas épocas.

Si miramos las historias en su sencillez individual, viendo el cuadro de cada mujer, podemos acercarnos al palpitar de la vida en la formación de muchas familias. Si nos acercamos desde una mirada panorámica, podemos ver estas historias como el conjunto del esfuerzo de nuestras mujeres por construir un mundo que al final de cuentas erigió al varón como protagonista en la mayoría de nuestras historias oficiales.

De una u otra forma, estamos ante un mensaje claro. La mujer del campo puertorriqueño fue, desde los comienzos del pasado siglo y hasta nuestros días, un ente social altamente productivo. Sus manos forjaron la crianza de los hijos, labraron la tierra, educaron a generaciones y dieron brillo a la cultura a través de sus obras artísticas. En esta colección brillan los múltiples oficios, a saber: tejedoras, labradoras, recogedoras de café, leñadoras para la preparación de hogueras de carbón vegetal, despalilladoras y cultivadoras de tabaco, propietarias de pequeñas fincas, artesanas, artistas, maestras, universitarias, líderes revolucionarias, dirigentes comunitarias, espiritistas y tal vez uno de los más nobles oficios, el de comadronas y curanderas. También se nos presenta el rol de la mujer emigrante y hasta el de una pescadora en uno de los lagos de la región central.

Hay mujeres de épocas pasadas, centenarias, y mujeres jóvenes, en sus treinta. Tal parece que el coraje, el ahínco, la pasión y la entrega de nuestras mujeres de generaciones pasadas sobrevive todavía en valientes muges que enfrentan los retos de crear su propio entorno económico como agricultoras o como artistas.

La falta de formación académica de muchas de las mujeres atendidas en estas semblanzas está sustituida por una gran imaginación que unida a un estoicismo y a una fortaleza indescriptible, les dan rango de verdaderas heroínas a algunas de estas mujeres.

No es fácil criar los hijos, alimentarlos, trabajar en las talas de tabaco mano a mano con los hombres. Aunque no lo dicen las historias, es posible que detrás del progreso económico de muchos hombres estuviera la tenacidad de una mujer.

Así vemos como María realizaba varias labores en la finca, sembraba habichuelas, maíz, frutos menores además de recoger la hoja del tabaco. Todas estas tareas iban unidas a las domésticas de alimentar, cocinar y criar una familia. P. 63.

De una lectura de estos textos se ve cómo la mujer era eje de la producción en todas las épocas. A medida se iban dando las transformaciones desde el punto de vista social y económico la mujer estaba presente como actor principal en el proceso de producción. Así ocurría en los períodos de la cosecha de café, en el auge del tabaco o de los talleres de costura. Se muestra así una capacidad de aprendizaje y adaptación de la mujer puertorriqueña, una manera de ajustarse a los tiempos impulsadas por la necesidad de contribuir al bienestar de la familia.

Algunas de las mujeres entrevistadas son conocidas por ser ejemplos en la comunidad con historias que han trascendido el plano familiar. Tal es el caso de doña Chenda Cancel en Utuado, Tinti Deyá en Adjuntas y Lissette Alvarez, cantante y profesora de este colegio. Otras trascendieron el marco provinciano a través de actos heroicos como lo fue Blanca Canales una de las principales protagonistas del levantamiento nacionalista en Jayuya.

Agradecemos a la profesora Sandra Enríquez el que haya motivado a sus estudiantes a entrar en estas historias. Estoy seguro de que algunos de ellos serán tocados por ese viaje al seno de las historias familiares. Es posible que tras este proyecto y la nota que recibirán de la profesora Enríquez alguno que otro retorne por esos caminos. Esta es una forma de hacer patria, de crecer como individuos y de fortalecer la institución que propicia esos encuentros, la Universidad de Puerto Rico en Utuado. (Ángel Maldonado Acevedo)

sábado, marzo 18, 2006

CRÓNICA DEL CAMINANTE


Estoy sentado en el muro frente al Mango Bajito.

Estoy sentado en el muro, frente al Mangó Bajito como si estuviera en una estación solitaria, en espera del tren que me habrá de llevar a algún lugar que desconozco. Siento el latir de las expectativas, la confusa emoción de las despedidas y el desaliento de una soledad anticipada. Me agarro a esa última mirada, a esa porción de la adolescencia que representa un paso irreversible, a ese último alojo de la sombra del frondoso árbol que ha sido presencia incomprendida durante tantos años. Aquí descubro la escisión clave. Todo lo que he sido se perderá en unos momentos, cuando ya no cuente con la protección de esa última mirada, cuando las nuevas vivencias, las que sean, vayan tapando los recuerdos y mis días, como todos los días de todos los seres humanos, se vayan llenando de nuevas memorias y nuevos olvidos.

Estoy sentado en el muro, frente al Mangó Bajito. Es una atardecer de fines de verano de 2005. A mi izquierda el puente que crucé muchas veces de ida y regreso. A mi derecha la calle, bastante más solitaria que en otros tiempos, pero en el fondo la misma calle se comienza a poblar de fantasmas como si éstos vinieran impulsados por la brisa del río, rostros cuyos nombres olvidé, fisonomías verdaderamente enterradas, siluetas que trato de aprehender y días que trato de encontrar entre los despojos de tanto olvido.

Estoy sentado en el muro, frente al Mangó Bajito, tomando un breve descanso para emprender un recorrido que me lleve por el tiempo enterrado en esta calle hasta el otro lado del pueblo. Conozco la superficie de la calle como la palma de mi mano y me es posible reproducir también algunas de las fachadas y edificios que fueron. Para otras cosas tendré que convocar a los dioses del lugar, el locus situ del que hablaban los latinos. Espero que estos me ayuden y me permitan recobrar los tejidos de esta ciudad latente sin producir heridas mayores. Les invito a acompañarme en este recorrido.

Ese fue el año de la graduación. Terminaba la rutina de caminar los veinte minutos entre mi casa y la escuela Luis Muñoz Rivera. Terminaba la rutina de arrastrar mis pasos por aquellas calles donde la miseria comenzaba a corroer las esquinas y los viejitos comenzaban a doblarse, a desaparecer, como sombras por los callejones de Judea y La Granja. Tenía miedo, miedo a dejar aquel laberinto familiar, las orillas del río y la sombreada orilla del camino que me llevaba al otro lado del río. No tenía metas fijas, ni esperanzas, ni deseos de salir. Simplemente seguía el impulso de unos cuantos amigos que iban a la universidad y la certeza de que me habían aceptado en la upi de don Jaime Benítez y que en la upi podría de algún modo afinar mis lecturas de poetas españoles e hispanoamericanos, salir del nerudismo que en aquellos años ya había comenzado a llegar a las escuela superior gracias a la voluntad de un par de maestros que habían sembrado los afanes literarios entre un grupo de llamados estudiantes aventajados.

En aquellos días dispersaba mi orfandad de una manera confusa. Ya no disponía del calor de la escuela, ni de las cercanías de una novia que me acompañaba cada día a lo largo de la calle Dr. Cueto. Ya no disponía del Salón de Bermúdez, ni el de Gutiérrez ni del grupito que se reunía para discutir libros. ¡Qué muchas cosas se perdieron aquel verano del 1965! Qué muchos caminos comenzaron en aquel verano, algunos de ellos se perdieron en los horizontes de la vida, otros volvieron ya pasados muchos años, pero en aquellos días todo era desconocimiento, expectativas de muchas cosas que se nos volcaban encima.

Los territorios se van alejando en la memoria, a la orilla sólo vemos los caminantes que cruzan como sombras, espejismos que nos provocan y aunque nos hayamos quedado en el mismo sitio, siempre los espejismos nos engañan y nunca encontramos los pasos de regreso. El camino va con nosotros mismos, a la medida vamos avanzando se deshila y nos hace imposible todo regreso por la senda caminada. Para volver debemos buscar otros atajos. A veces el regreso tiene lugar por lugares antes nunca vistos, a través de pasos que van enterrando paisajes y rostros en los territorios del olvido. Cuando creemos haber regresado ya no es el mismo lugar que nos espera. Sin que lo hayamos querido nos los sitios se han ido transformando. El tiempo corroe las miradas humanas. Tenemos que volvernos sólo recuerdo sin deseamos regresar.

Estoy sentado en el muro frente al mango bajito y son muchos los recuerdos que pasan. Recuerdos de ayer y de mañana. Es el verano de 2005. Han pasado cuarenta años y no he avanzado mucho. He trazado algunos caminos que se han bifurcado con otros caminos. He tendido caminos que no han llegado a ningún lugar, sendas que se han perdido, que se han desecho sin que mi diera cuenta. Unos caminos se perdieron y reaparecieron después. En estas oraciones intento buscar las razones de su aparición. No hay muchas explicaciones. Algunos hilos se tienden por territorios invisibles. Otros se nos tienden al frente y se nos hace necesario recogerlos, levantarlos, asumirlos como trazos de una labor inconclusa. La escritura se nos vuelve entonces un confuso tejido en la sombra que debemos asumir como buenos orfebres. Es entonces cuando descubrimos que no estábamos tan huérfanos cuando comenzamos en el verano del 1965. En muchas partes había muchos recuerdos tratando de construir la misma madeja. En mi caso pasaron muchos años, exactamente cuarenta años y una fiesta de aniversario para atar cabos. Mejor dicho, una fiesta y su secuela, que fue otra fiesta. La primera el día 11 de diciembre de 2005, la segunda el tres de febrero de 2006. Entre estas y el verano de 1965 ocurrieron muchas cosas. El mundo giró muchas veces, tuve muchos trabajos, caídas y recomienzos, esposa, hijos y nietos, amigos y enemigos. Leí muchos libros y olvidé otros tantos, tuve muchísimos encuentros, la mayoría de los cuales se deshicieron como sombras. Lo pasado en esos cuarenta años no importa. El recorrido que comenzó aquí en el muro, frente al Mangó Bajito, llega también hasta el mismo lugar. He dado la vuelta muchas veces, pero hoy me he detenido a contemplar el paso de los años y a descubrir que verdaderamente lo pasado en esos cuarenta años no importa. Ni premios, ni sorpresas, ni sufrimientos, ni milagros. Aquellos días, sin embargo, sólo se entienden al nacer del cuarenta aniversario. Me lo revelan los rostros y las palabras que encontré en la Fiesta de Aniversario y en las palabras y los gestos que viví el dos de febrero en la residencia de Luis Rivera (Chúa) en Río Abajo, un lugar paradisíaco, como dispuesto para una celebración, para un reencuentro de las palabras y los encuentros que se truncaron en el verano del 1965. La juventud tiene su razón de ser en la edad madura y si el tiempo borra gestos y figuras, nos permite rescatar una sabiduría que sólo es posible con las ataduras de las antiguas convivencias.

Hace unos momentos hablé de la poesía. Estos cuarenta años también estuvieron atados por palabras, por la lectura se versos. El camino que nació aquí, frente al Mangó Bajito, asumió territorios en la lectura de muchas ficciones, se hizo poesía con el andar, para aliviar un poco las penas del despego, del desarraigo y la agonía de no poder volver. ¿De no poder volver? Si siempre he estado aquí, si siempre paso frente al mangó bajito con mis cargas de olvido y pesadumbre. El camino que desleo es el otro, cuyo final se hace posible en el reencuentro, cuyas luces se revelan con las palabras de los viejos amigos y amigas como Samuel, Cecilia, Sylvia, Charlie, Luis Delgado, Iván, Chúa, Federico, Luis Felipe, Nino y tantos otros y otras que ataron los cabos insuperables el día del reencuentro. Ellos, a su manera, contribuyeron al tejido de esa poesía que sobrevivió tantos años secretos. La vida se junta con la vida y no hay manera de impedirlo. La muerte, en muchos casos lo que hace es hacer más legibles los lazos que nos vinculan. El camino también fue de ellos como lo fue de muertos sublimes como Luis Palés Matos y Luis Lloréns Torres, los poetas de todas partes que contribuyeron a dejar retazos a lo largo de los días. Y, ¿por qué la poesía siempre se mete en todo? El ojo mágico del poeta permite saltar por el tiempo desde allí, desde aquél muro frente al Mangó Bajito donde estoy, donde estuve, desde donde miro la solitaria tarde de este verano como si estuviera en un lugar único, al fin del mundo, a donde nadie viene nunca a nada.

Sin embargo vinieron. En el encuentro de diciembre de 2005 llegaron más de cien. Fueron más de cien hilos del mismo tejido que se trazaron por distintos lugares a través de los años hasta encontrarse de nuevo en la madeja. Entonces ví el camino, me deshice de la orfandad de cuarenta años. Me encontré acompañado, como si el tiempo se hubiera detenido cuando a finales de julio de 1965, partimos a San Juan, a la Universidad de Puerto Rico y yo, desde el muro me despedí de la calle soleada donde probablemente se escuchara una canción de Felipe Rodríguez o Daniel Santos.

Atar hilos invisibles ha sido una de las tareas más recurrentes en mi vida. La poesía, la escrita por otros y la mía propia, ha servido para conjurar y convocar los nudos de la existencia que me expliquen todos los polos de la vida, los trágicos y los sublimes, los inciertos y los vanales. A veces miro un rostro que percibí hace algún tiempo. Lo descompongo y lo atravieso de leyendas, especialmente cuando voy a los centros comerciales donde se aglutina tanta historia, tanto trajín de vida. Tantos fragmentos a mi alrededor, frente a mí, en el pasado. La escritura que me auxilia también es una eclosión de fragmentos dispuestos aquí y allá, por un azar milagroso, hechos a la medida de mis estados de ánimo y mis circunstancias.

No quiero hacer historias. Hace algún tiempo leí que toda historia es literatura. Es imposible recobrar lo que pasó y todo lo que hacemos al intentarlo es construir mitos, inventar. Para guardar los retazos están los retratos viejos. No me interesa la iconografía de mi vida, a no ser aquellos rostros que se estacionan, aquellos paisajes que pasan dejando un sabor a dudas. La ilusión que queda en los versos.

Hay lugares, sin embargo, que no se repiten. Se despintan, se transforman, se destruyen, se convierten en ruinas antes de repetirse. De esas ruinas tenemos que rescatar los mitos. Uno de esos lugares es La Playita donde pasé gran parte de mi niñez y adolescencia. La Playita que mira desde siempre al Mango Bajito, que todavía sobrevive como un espejismo.

Siempre partíamos y llegábamos por el puente, por el único puente.

El viejo puente de La Playita fue construido a comienzos del siglo XX para sustitiuir el viejo puente español que sirvió de entrada y salida a la ciudad del Viví. En tiempos pasados, casi hasta la década de los 60 era el límite urbano y la antesala a la Playita, el barrio que saludaba y despedía a todos los lugareños y visitantes que entraban y salían de la ciudad.

Hasta el año 65 más o menos la Playita fue un barrio lleno de vitalidad. Después cuando se abrió un nuevo desvío para entrar y salir al pueblo la Playita fue perdiendo su personalidad, comenzó un período de deterioro y decandencia que dura todavía.

Llegué al sector a fines de 1954 cuando fui a vivir a la otra banda, como se le conocía al sector de San José, compuesto entonces por una docena de pobres casas y verdes vegas dedicdas al ganado, al cultivo de la caña y alguns lomas dedicadas al cultivo del tabaco. Pero todos los de la banda allá hacíamos nuestra vida social en La Playita. Era allí donde estaban los bares, los salones de billar, las barberías, los colmados y donde se concentraba el pequeño mercado agrícola del pueblo. Para esa época un puente hamaca sobre el Río Viví, casi en su conjunciión con el Río Grande, dividía a los dos sectores.

El puente de hierro era el símbolo de la Playita. La hamaca de maderas colgantes de dos cables en tensión era el símbolo de San José. Entre el uno y el otro se juntaban los dos ríos formando meandros de arenas y piedras que posiblemente contribuyeran a dar nombre al lugar. Ese era el territorio de juegos que ha sido recordado en un reciente libro, la novela O orillas del Río Viví, de mi amigo, criado en la Playita, Francisco Ruiz Nieves.

Supe del nombre del lugar gracias a otro escritor, Ramón Juliá Marín, que en su novela La Gleba, dedicó unos párrafos al asunto. "Recuerdo que el vado del río era por allí, un poco más acá de las confluencias con el Viví y que cuando venían las lluvias y crecí el caudal de las aguas, se pasaba en un pequeño ancón que un viejo marino de Arecibo construyó para ganarse la vida exponiendo la misma. Era aquel maestro José un hombre ejemplar impuesto a la vida de mar, llegó a estos centros y para no echar de menos, he dicho mal, para no sentir tan honda la nostalgia de sus playas arecibeñas, fabricó una casita de pescador, al lado de unos bambús, entre los dos ríos; adquirió chismes de pescar para atrapar los sabrosos dajaos, un pez pequeñito, pero gustoso, hizo malecones en miniatura para defender el solar de las frecuentes avenidas; en fin, que de ahí tal vez le viene a este poblado el nombre de La Playita. "

La Gleba fue publicada en 1912. el Puente, de 42 metros de longitud, fue construido en 1907 como sustituto del puente que los españoles construyeron en el 1895 y que fue arrastrado por las aguas del Río Grande de Arecibo durante el paso del hurcán San Ciriaco el 7 y 8 de agosto de 1899. A mediados de 1982 fue trasladado a su ubicación actual. En la playita vivió Ramon Julá Marín, allí pasó parte de sus últimos días el autor de La Gleba y Tierra Adentro. Nos lo recuerda Francisco Ramos en su Viejo Rincón Utuadeño. Aparte de esos trazos literarios que he mencionado, La Playita es un lugar como cualquiera otro. Sólo guarda historias personales que irán muriendo en la medida se alejen sus custodios. Después no quedará nada, como pasa en todas partes.

En la Playita vivieron algunos de los rostros que conocí desde entonces, Samuel Olivero Castillo, Iván Marín Rodríguez y su hermano Tito. También otros que se alejaron hace muchos años como Radamés Vega. Con el primero de estos compartí desde la escuela elemental hasta los años de la madurez. Iván y Tito partieron a la eternidad. Radamés se hizo un silencio en el tiempo. Los distingo por la cercanía existencial dentro del abigarrado mundo que es cada barriada. Los amigos de la otra banda del río partieron sin regreso, con la excepción de Julio Arroyo quien todavía anda por ahí, por los territorios del Utuado que tanto ha cambiado y Denis Rivera, que volvió al pueblo hecho médico. De la banda allá de antes quedan muy pocos retazos. Sobrevive el recuerdo del camino sin pavimentar, el puente hamaca y el monte de guayabos, entonces inmenso, donde pasé los mejores momentos de mi niñez. Sobreviven también los sábados de baile en la residencia de don Nico y los coloquios nocturnos con amigos que se fueron como Juan Maldonado. Sobrevive el recuerdo de Tati, a quien dejé de ver en el verano del 1965 con una promesa que quedó incumplida para siempre.

Algún día volveré sobre los recuerdos de aquel pequeño barrio de diez o doce casas donde comencé a lanzar sueños hacia todas las direcciones, aquel lugar que el progreso destruyó. Por ahora he de volver al muro, frente al Mangó Bajito a la entrada de La Playita, para retomar el hilo de la madeja y continuar calle arriba, por la Doctor Cueto hacia un futuro que ya es un pasado cruzado de consignas, de esperanzas enterradas y sueños que todavía trepan por las escaleras de la esperanza. Habrá puertas y ventanas cerradas para siempre, pero en algún lugar de ese porvenir que se va volviendo pasado habrá un intersticio que me permitirá mirar hacia el otro lado donde hay una calle que se bifurca, unas personas que marchan y otras que regresan y un transeúnte que los mira y lee en cada rostro las huellas de alegrías y dolores compartidos. Algo así dije en un pequeño poema que titulé por la Doctor Cueto.

Campo Alegre es donde vivo desde hace más de veinte años, donde terminé de criar mis hijos junto a Gloria, que ha sido la mujer de toda mi vida. Donde tengo mi cueva y donde como Francisco de Quevedo converso con los difuntos que se reúnen en torno a los libros que siempre me han acompañado en la construcción de mi realidad existencial. Ese camino es el verdadero. El de mis días rutinarios es una ficción que construyo amparado en los logros que alcanzo arrancar a la vida pueblerina, día a día, hasta cuando los recuerdos me lo permitan.















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miércoles, marzo 01, 2006

RENUNCIAS

Renuncié a ese lado
Del crepúsculo
Donde las sirenas
Bañan sus días de sol
Viví a la sombra
Con dimensión de topo
Desde aquí
Construí el mundo
A mi manera
Moriré
Con esta mirada
Bañada de preguntas
Y descifrando el agujero
Oscuro del porvenir.

jueves, febrero 16, 2006




Perdí mis pasos
por el barrio chino
a comienzos del otoño
de 1983. En alguna parte
debe sonar el eco
de mi huída
como las sílabas
de un poema inconcluso.

miércoles, febrero 15, 2006

UNA PUERTA OLVIDADA


Para Radamés Cordero

Con el tiempo algunas cosas pequeñas adquieren una dimensión insospechada.
Como ese pedazo de metal enterrado en una pared en ruinas que una vez fue una puerta.
Una puerta por donde seguramente entraron niños regocijados y hombres laboriosos.

La esfinge de un pestillo que una mujer cerró mientras soñaba lugares diferentes.

Una puerta es la entrada a un camino que nunca se borra, hasta que morimos.

Mientras pase por aquí y mire hacia las ruinas veré otro tiempo. Me escurriré por sendas que nunca descubrí.

Ese pedazo de metal no es sólo lo pasado. Su corrosión me habla también de ese futuro que arrastramos insomnemente, de ese susurro a la sombra del oído que nos dice mañana no estaremos.

Todo esto mientras enfoco mi cámara hacia el pedazo de metal y me miro también camino al porvenir.

martes, febrero 14, 2006

LOS INCONFORMISTAS

Los conformistas tienen su cielo en la tierra: sus vidas flotan sobre los tiempos malos y ante la catástrofe acabada de suceder piensan que pudo haber sido peor.

La conformidad pisa siempre terreno seguro, aunque transite por horrosos pantanos: acepta tormentas con calma inverosímil y se plantea que los mejores tiempos están siempre por venir.

Lo difícil es ser inconforme. El inconformista es, de primer plano, tildado de mal agradecido, de inadaptado. Se le adjudican, sin muchos miramientos, todos los síntomas de la peor enfermedad, que es la ingratitud. Su vida oscila entre asechos de desprecios y la soledad que significa andar siempre por caminos desatendidos. Vivir en la inconformidad es asegurarse de que nada sea cierto, proclamar temprano cada mañana las grandes brechas abiertas a la decepción.

Los inconformes caminan con la herramienta de la duda, destapando ollas de podredumbre y pulsando su lira de aguafiestas. Son, en definitiva, juglares de la peor profecía. Cuando los conformes están listos para vivir la calma, los inconformes esperan el desafío de la tormenta, pero tienen la certeza de que la adversidad reconstruirá su mundo en uno mejor. Su optimismo les permite allanar todas las situaciones y entender las fatígas que anidan en las íntimas ligaduras de las comunidades humanas. Sus gestiones arrojan luz sobre las particularidades y permiten convertir en desecho, basura existencial, muchas de las rutinas de la vida, mientras con otras se realizan milagros. En ese sentido el inconformista lanza una mirada polifacética que todo lo abarca. Su deber es acercarse a todo para poderlo negar todo.

Comprende que para existir hay que sentir.

Si logra subsistir el diagnóstico de la enfermedad impuesta por su marco social, si logra convertir en rizas sus amargas vibraciones de cada día, el inconformista se convierte en el mejor maestro. El cúmulo de sus acciones, vistas al trasluz de sus gestas cotidianas, va enhebrando los códigos del porvenir que a su vez contribuyen a iluminar las preferencias de todos: conformes e inconformes.

Las dudas del inconforme trazan el mapa de las profecías más tristes y también las de los más sublímes. Su ejemplo es una mina inagotable de sabiduría, aunque en determinados momentos ésta pase por locura. Así ha ocurrido en numerosos ejemplos de la historia que resulta innecesario mencionar.

Quien mira la vida desde la óptica de la más obstinada conformidad niega la propia vida que le impulsa a seguir hacia adelante. Su vida va narrando las líneas apagadas e intrascendentes de su propio epitafio. El inconformista se conforma con negarlo todo. En ese caudal de negaciones erige la soledad de su propio destino, el lugar donde el uno y el otro se encuentran, curados de espantos y desafíos. (Angel Maldonado Acevedo)

jueves, febrero 09, 2006

UNA MIRADA DESDE CUMBRE ALTA

El pueblo sigue siendo pequeño. Las montañas que lo bordean impiden su crecimiento, aunque aquí y allá, comienzan a subir líneas de casa hasta perderse entre abras y farallones. Desde aquí, el lugar más alto de la zona urbana, al final de una de las escalinatas que forman la comuniad de Cumbre Alta, el pueblo se ve como siempre, aunque algo mejorado en su aspecto arquitectónico. Algo han tenido que ver los trabajos de restauración en su sitio del Departamento de la Vivienda. En Cumbre Alta, otrora recinto de apeñuscadas casitas, hoy cuenta con casas de hormigón, pintadas cuidadosamente, a lado y lado de los callejones que suben y atraviesan la pintoresca comunidad utuadeña.

Subimos varios amigos hasta la terraza de la casa de Vitín Pérez que el cuida como un tesoro y donde comienza a establecer su existencia. Entre otras cosas ascendimos las escalinatas como un deber de dar una mirada a la comunidad restaurada y al panorama del pueblo, especialmente en el centro urbano, que se nos va deteriorando sins que a nadie parezca importarle nada. Utuado es una comunidad marcada por la desidia, la falta de compromiso, la incapacidad para ponerse de acuerdo, una dejadez morbosa adornada por locales comerciales cerrados, abunancia de usuarios de droga en las calles y un aparente renacer religioso encarnado por una docena de iglesias en el área urbana.

Uno quisiera que fuera de otra manera. Quisiera ver el florecimiento, al menos en los aspectos cosméticos de la ciudad. Quisiera ver que las dos o tres instituciones que quedan medio vivas en el pueblo asuman algo de su responsabilidad. Quisiera ver que se explotaran para fines económicos las posibilidades del turismo local, los talleres artesanales, las prácticas del senderismo tanto rural como urbano. Quisiera que los dos recintos universitarios que hay en el pueblo, la Universidad de Puerto Rico y la Universidad del Este, asumieran roles más protagónicos en fomentar iniciativas para la revitalización por lo menos, del casco urbano.

Afortunadamente todavía nos quedan algunos espacios donde la mirada, por lo menos, se recrea y fluye hacia una visión más optimista. Cuando miramos desde Cumbre Alta, lo mismo que si miráramos desde Caguana o Sabana Grande, nos damos cuenta de que este tazon de verdor con su espacio urbano remedando en su fondo, es nuestra casa, casa que todavía no cambiamos por ninguna otra, aunque si las cosas siguen como van, solo nos quedará el espacio de la nostalgia, ubicado en cualquier lugar del mundo a donde nos lleven nuestros pasos viajeros.

VIVIR EN LA SOMBRA

Por Angel Maldonado Acevedo

El territorio de la sombra se ha convertido en el espacio preferido de muchos miembros de en una generación que ha visto apagarse sus sueños y esperanzas en la camarera de un país cuya diaria idolatría de los dioses del materialismo parece desbordar los límites de la conciencia. A veces, tras ese vivir en la sombra, se traslucen la mirada del cinismo y el pensar que se puede hacer muy poco por rescatar las rutas de la sensatez y del buen vivir cotidiano. Otras veces esa sombra es el espacio acomodaticio y privado que nos permite descubrir y atesorar los signos que se transcriben en los espacios de la más íntima cotidianidad. Por unas u otras razones, cada día que se vive a la sombra se convierte en un modo de vida, en una auto cumplida profecía. En algunas circunstancias ese vivir a la sombra se convierte en un territorio de fortunas. Ahí se nutren el periodista farandulero o el cazador de las intimidades que alimentan los programas de televisión, la llamada prensa de la farándula y los interminables talk shows de la radio isleña.

De una forma o de otra, la sombra se convierte en un espacio de lucidez, donde también ocurre la vida. Es el otro lado del que nos habla Milán Kundera en su novela La vida está en otra parte, o esos resquicios que nos revelan novelistas como Saramago o Javier Marías, cuyos personajes encuentran en la inmediatez de lo vivido cotidianamente, las más absurdas realidades o los más inconexos vínculos con la fantasía. La sombra es, para buenos novelistas contemporáneos, el espacio donde se descubren las más profundas dimensiones de la persona humana, sin que pretendamos con esta expresión referirnos al inconsciente, al ánima de las que nos habla Carl Jung. La sombra, podríamos concluir, es el territorio donde ahonda la mejor literatura contemporánea. El situ es ya un ritual que adoptan poetas y jardineros, antropólogos y constructores de urbanizaciones.

La sombra del vivir cotidiano se nutre de la costumbre. “No cambio esta tranquilidad por nada”, he escuchado decir a mucha gente, al alabar ese manto que nos aleja del mundanal ruido. El viejo concepto de la alabanza de aldea recobra una vigencia obligada por las turbulencias del mundo contemporáneo del que muchos quieren huir. Pero hoy existen otros que buscan su sombra en la corriente gigantesca de eventos que generan las grandes ciudades. Muchos encuentran su soledad, su propia sombra, en impenetrable red del pajar social. Allí se establecen como seres anónimos, sirviendo a su propia existencia en los rituales del trabajo y del ocio, de la contemplación y la diversión. Viven hermanados como una gota de agua en el mar. Son dichosos, tanto como aquel que volvió a la sombra de los viejos guayabales campesinos y a la resonancia de los viejos riachuelos. Unos y otros se amparan en su sombra como cobijo primigenio y respiran el mundo hermanados en su propia circunstancia.

Hay, sin embargo, otras sombras, las que son impuestas por las circunstancias. Las que se anuncian en las ausencias, las que se entienden por la omisión y el silencio que se tiende desde afuera, como una costumbre, y se cimienta como tradición. Son las sombras que se arrastran cuando se es participante de una clase social, de unas preferencias sexuales, unas creencias políticas o sociales o de una geografía en particular. Son las sombras que cobijan al otro, al primo que optó por unas preferencias sexuales, al hermano de limitaciones físicas o emocionales, al pariente pobre que vive allá, marginado a la otra orilla de un río eterno que nunca es atravesado por puentes. Estas sombras particulares, que imponen la geografía, tanto social como humana, se nos muestran más demarcadas en nuestro país por la dicotomía del campo y de la loza. La desproporción de recursos materiales invertidos, por ejemplo, entre el campo y la ciudad, ejemplifica como nada, ese mundo ensombrecido de los que vivimos en la isla, ese territorio que termina en las urbanizaciones de Bayamón y Carolina, posiblemente ahora en Caguas. La isla, ese territorio de olvido, ha adoptado la sombra como encierro y frontera. En la isla no pasa nada, y cuando pasa son terribles accidentes de tránsito o, como en el caso de algunos pueblos del interior, horrendos crímenes. Los asesinos monstruosos, los jóvenes enloquecidos en las carreteras, las siembras de marihuana, nos dan una ingrata categoría protagónica que nos dura quince minutos de desdicha y reconocimiento. Por otro lado, las actividades continuas y prolongadas, marcadas por el sacrificio de miles de seres anónimos dejan de existir por la simple omisión de quien las ignora. Dejaron de existir para los que desde las luces de la ciudad, deciden la historia y la vida. Así viven y sobreviven a la sombra los equipos de pequeñas ligas, las asociaciones comunales, los músicos, los artesanos, los poetas, los maestros y muchos que en el silencio de las provincias apagadas engrandecen a la humanidad con sus pequeños pero continuos actos cotidianos.

Los que vivimos en esta provincia de la isla nos hemos acostumbrado a trabajar en la sombra, a consumir nuestro orgullo y nuestros quince minutos de gloria en las claroscuras sinuosidades que produce la existencia sin mayor proyección. Sin pena ni gloria, hemos adoptado como norma la falta de pretensiones y la modestia Hasta el escribir ciertas crónicas como la que ocupan estas líneas se convierte en un ejercicio de una vida a la sombra, el aleteo de un performance que alguno allá en el espacio de las luces mediáticas, mirará de reojo, con premeditado dejo de ironía, y posiblemente con el comentario, pobrecitos esos campesinos que no tienen nada que hacer, ni de qué escribir. Ilustración, El Carretero de Olga Reyes

miércoles, febrero 08, 2006

NAUFRAGIO

Todo comienza con viaje. Vamos de lado a lado, de ribera en ribera. Cuando las orillas se hacen hostiles, cuando encontramos que ningún lugar es nuestra casa. Entonces nos mantenemos a flote en la barca de los silencios y las palabras, única fortuna que nos queda. La literatura, y el periodismo en algún grado, son la crónica a veces no comprendida del naufragio que somos. De vez en cuando llegamos a una orilla donde la paz y el reconocimiento se nos revelan. Aunque vayamos de paso el encuentro nos marca, como me ocurrió en la Huerta de Calixto y Melibea, a la sombra de la vieja catedral de Salamanca y en confidencias con la memorable vieja que da nombre al clásico de la lieratura española.

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463 Campo Alegre, Utuado, Puerto Rico
Periodista, Escritor y Poeta, Ciudadano Lector