miércoles, marzo 01, 2006

RENUNCIAS

Renuncié a ese lado
Del crepúsculo
Donde las sirenas
Bañan sus días de sol
Viví a la sombra
Con dimensión de topo
Desde aquí
Construí el mundo
A mi manera
Moriré
Con esta mirada
Bañada de preguntas
Y descifrando el agujero
Oscuro del porvenir.

jueves, febrero 16, 2006




Perdí mis pasos
por el barrio chino
a comienzos del otoño
de 1983. En alguna parte
debe sonar el eco
de mi huída
como las sílabas
de un poema inconcluso.

miércoles, febrero 15, 2006

UNA PUERTA OLVIDADA


Para Radamés Cordero

Con el tiempo algunas cosas pequeñas adquieren una dimensión insospechada.
Como ese pedazo de metal enterrado en una pared en ruinas que una vez fue una puerta.
Una puerta por donde seguramente entraron niños regocijados y hombres laboriosos.

La esfinge de un pestillo que una mujer cerró mientras soñaba lugares diferentes.

Una puerta es la entrada a un camino que nunca se borra, hasta que morimos.

Mientras pase por aquí y mire hacia las ruinas veré otro tiempo. Me escurriré por sendas que nunca descubrí.

Ese pedazo de metal no es sólo lo pasado. Su corrosión me habla también de ese futuro que arrastramos insomnemente, de ese susurro a la sombra del oído que nos dice mañana no estaremos.

Todo esto mientras enfoco mi cámara hacia el pedazo de metal y me miro también camino al porvenir.

martes, febrero 14, 2006

LOS INCONFORMISTAS

Los conformistas tienen su cielo en la tierra: sus vidas flotan sobre los tiempos malos y ante la catástrofe acabada de suceder piensan que pudo haber sido peor.

La conformidad pisa siempre terreno seguro, aunque transite por horrosos pantanos: acepta tormentas con calma inverosímil y se plantea que los mejores tiempos están siempre por venir.

Lo difícil es ser inconforme. El inconformista es, de primer plano, tildado de mal agradecido, de inadaptado. Se le adjudican, sin muchos miramientos, todos los síntomas de la peor enfermedad, que es la ingratitud. Su vida oscila entre asechos de desprecios y la soledad que significa andar siempre por caminos desatendidos. Vivir en la inconformidad es asegurarse de que nada sea cierto, proclamar temprano cada mañana las grandes brechas abiertas a la decepción.

Los inconformes caminan con la herramienta de la duda, destapando ollas de podredumbre y pulsando su lira de aguafiestas. Son, en definitiva, juglares de la peor profecía. Cuando los conformes están listos para vivir la calma, los inconformes esperan el desafío de la tormenta, pero tienen la certeza de que la adversidad reconstruirá su mundo en uno mejor. Su optimismo les permite allanar todas las situaciones y entender las fatígas que anidan en las íntimas ligaduras de las comunidades humanas. Sus gestiones arrojan luz sobre las particularidades y permiten convertir en desecho, basura existencial, muchas de las rutinas de la vida, mientras con otras se realizan milagros. En ese sentido el inconformista lanza una mirada polifacética que todo lo abarca. Su deber es acercarse a todo para poderlo negar todo.

Comprende que para existir hay que sentir.

Si logra subsistir el diagnóstico de la enfermedad impuesta por su marco social, si logra convertir en rizas sus amargas vibraciones de cada día, el inconformista se convierte en el mejor maestro. El cúmulo de sus acciones, vistas al trasluz de sus gestas cotidianas, va enhebrando los códigos del porvenir que a su vez contribuyen a iluminar las preferencias de todos: conformes e inconformes.

Las dudas del inconforme trazan el mapa de las profecías más tristes y también las de los más sublímes. Su ejemplo es una mina inagotable de sabiduría, aunque en determinados momentos ésta pase por locura. Así ha ocurrido en numerosos ejemplos de la historia que resulta innecesario mencionar.

Quien mira la vida desde la óptica de la más obstinada conformidad niega la propia vida que le impulsa a seguir hacia adelante. Su vida va narrando las líneas apagadas e intrascendentes de su propio epitafio. El inconformista se conforma con negarlo todo. En ese caudal de negaciones erige la soledad de su propio destino, el lugar donde el uno y el otro se encuentran, curados de espantos y desafíos. (Angel Maldonado Acevedo)

jueves, febrero 09, 2006

UNA MIRADA DESDE CUMBRE ALTA

El pueblo sigue siendo pequeño. Las montañas que lo bordean impiden su crecimiento, aunque aquí y allá, comienzan a subir líneas de casa hasta perderse entre abras y farallones. Desde aquí, el lugar más alto de la zona urbana, al final de una de las escalinatas que forman la comuniad de Cumbre Alta, el pueblo se ve como siempre, aunque algo mejorado en su aspecto arquitectónico. Algo han tenido que ver los trabajos de restauración en su sitio del Departamento de la Vivienda. En Cumbre Alta, otrora recinto de apeñuscadas casitas, hoy cuenta con casas de hormigón, pintadas cuidadosamente, a lado y lado de los callejones que suben y atraviesan la pintoresca comunidad utuadeña.

Subimos varios amigos hasta la terraza de la casa de Vitín Pérez que el cuida como un tesoro y donde comienza a establecer su existencia. Entre otras cosas ascendimos las escalinatas como un deber de dar una mirada a la comunidad restaurada y al panorama del pueblo, especialmente en el centro urbano, que se nos va deteriorando sins que a nadie parezca importarle nada. Utuado es una comunidad marcada por la desidia, la falta de compromiso, la incapacidad para ponerse de acuerdo, una dejadez morbosa adornada por locales comerciales cerrados, abunancia de usuarios de droga en las calles y un aparente renacer religioso encarnado por una docena de iglesias en el área urbana.

Uno quisiera que fuera de otra manera. Quisiera ver el florecimiento, al menos en los aspectos cosméticos de la ciudad. Quisiera ver que las dos o tres instituciones que quedan medio vivas en el pueblo asuman algo de su responsabilidad. Quisiera ver que se explotaran para fines económicos las posibilidades del turismo local, los talleres artesanales, las prácticas del senderismo tanto rural como urbano. Quisiera que los dos recintos universitarios que hay en el pueblo, la Universidad de Puerto Rico y la Universidad del Este, asumieran roles más protagónicos en fomentar iniciativas para la revitalización por lo menos, del casco urbano.

Afortunadamente todavía nos quedan algunos espacios donde la mirada, por lo menos, se recrea y fluye hacia una visión más optimista. Cuando miramos desde Cumbre Alta, lo mismo que si miráramos desde Caguana o Sabana Grande, nos damos cuenta de que este tazon de verdor con su espacio urbano remedando en su fondo, es nuestra casa, casa que todavía no cambiamos por ninguna otra, aunque si las cosas siguen como van, solo nos quedará el espacio de la nostalgia, ubicado en cualquier lugar del mundo a donde nos lleven nuestros pasos viajeros.

VIVIR EN LA SOMBRA

Por Angel Maldonado Acevedo

El territorio de la sombra se ha convertido en el espacio preferido de muchos miembros de en una generación que ha visto apagarse sus sueños y esperanzas en la camarera de un país cuya diaria idolatría de los dioses del materialismo parece desbordar los límites de la conciencia. A veces, tras ese vivir en la sombra, se traslucen la mirada del cinismo y el pensar que se puede hacer muy poco por rescatar las rutas de la sensatez y del buen vivir cotidiano. Otras veces esa sombra es el espacio acomodaticio y privado que nos permite descubrir y atesorar los signos que se transcriben en los espacios de la más íntima cotidianidad. Por unas u otras razones, cada día que se vive a la sombra se convierte en un modo de vida, en una auto cumplida profecía. En algunas circunstancias ese vivir a la sombra se convierte en un territorio de fortunas. Ahí se nutren el periodista farandulero o el cazador de las intimidades que alimentan los programas de televisión, la llamada prensa de la farándula y los interminables talk shows de la radio isleña.

De una forma o de otra, la sombra se convierte en un espacio de lucidez, donde también ocurre la vida. Es el otro lado del que nos habla Milán Kundera en su novela La vida está en otra parte, o esos resquicios que nos revelan novelistas como Saramago o Javier Marías, cuyos personajes encuentran en la inmediatez de lo vivido cotidianamente, las más absurdas realidades o los más inconexos vínculos con la fantasía. La sombra es, para buenos novelistas contemporáneos, el espacio donde se descubren las más profundas dimensiones de la persona humana, sin que pretendamos con esta expresión referirnos al inconsciente, al ánima de las que nos habla Carl Jung. La sombra, podríamos concluir, es el territorio donde ahonda la mejor literatura contemporánea. El situ es ya un ritual que adoptan poetas y jardineros, antropólogos y constructores de urbanizaciones.

La sombra del vivir cotidiano se nutre de la costumbre. “No cambio esta tranquilidad por nada”, he escuchado decir a mucha gente, al alabar ese manto que nos aleja del mundanal ruido. El viejo concepto de la alabanza de aldea recobra una vigencia obligada por las turbulencias del mundo contemporáneo del que muchos quieren huir. Pero hoy existen otros que buscan su sombra en la corriente gigantesca de eventos que generan las grandes ciudades. Muchos encuentran su soledad, su propia sombra, en impenetrable red del pajar social. Allí se establecen como seres anónimos, sirviendo a su propia existencia en los rituales del trabajo y del ocio, de la contemplación y la diversión. Viven hermanados como una gota de agua en el mar. Son dichosos, tanto como aquel que volvió a la sombra de los viejos guayabales campesinos y a la resonancia de los viejos riachuelos. Unos y otros se amparan en su sombra como cobijo primigenio y respiran el mundo hermanados en su propia circunstancia.

Hay, sin embargo, otras sombras, las que son impuestas por las circunstancias. Las que se anuncian en las ausencias, las que se entienden por la omisión y el silencio que se tiende desde afuera, como una costumbre, y se cimienta como tradición. Son las sombras que se arrastran cuando se es participante de una clase social, de unas preferencias sexuales, unas creencias políticas o sociales o de una geografía en particular. Son las sombras que cobijan al otro, al primo que optó por unas preferencias sexuales, al hermano de limitaciones físicas o emocionales, al pariente pobre que vive allá, marginado a la otra orilla de un río eterno que nunca es atravesado por puentes. Estas sombras particulares, que imponen la geografía, tanto social como humana, se nos muestran más demarcadas en nuestro país por la dicotomía del campo y de la loza. La desproporción de recursos materiales invertidos, por ejemplo, entre el campo y la ciudad, ejemplifica como nada, ese mundo ensombrecido de los que vivimos en la isla, ese territorio que termina en las urbanizaciones de Bayamón y Carolina, posiblemente ahora en Caguas. La isla, ese territorio de olvido, ha adoptado la sombra como encierro y frontera. En la isla no pasa nada, y cuando pasa son terribles accidentes de tránsito o, como en el caso de algunos pueblos del interior, horrendos crímenes. Los asesinos monstruosos, los jóvenes enloquecidos en las carreteras, las siembras de marihuana, nos dan una ingrata categoría protagónica que nos dura quince minutos de desdicha y reconocimiento. Por otro lado, las actividades continuas y prolongadas, marcadas por el sacrificio de miles de seres anónimos dejan de existir por la simple omisión de quien las ignora. Dejaron de existir para los que desde las luces de la ciudad, deciden la historia y la vida. Así viven y sobreviven a la sombra los equipos de pequeñas ligas, las asociaciones comunales, los músicos, los artesanos, los poetas, los maestros y muchos que en el silencio de las provincias apagadas engrandecen a la humanidad con sus pequeños pero continuos actos cotidianos.

Los que vivimos en esta provincia de la isla nos hemos acostumbrado a trabajar en la sombra, a consumir nuestro orgullo y nuestros quince minutos de gloria en las claroscuras sinuosidades que produce la existencia sin mayor proyección. Sin pena ni gloria, hemos adoptado como norma la falta de pretensiones y la modestia Hasta el escribir ciertas crónicas como la que ocupan estas líneas se convierte en un ejercicio de una vida a la sombra, el aleteo de un performance que alguno allá en el espacio de las luces mediáticas, mirará de reojo, con premeditado dejo de ironía, y posiblemente con el comentario, pobrecitos esos campesinos que no tienen nada que hacer, ni de qué escribir. Ilustración, El Carretero de Olga Reyes

miércoles, febrero 08, 2006

NAUFRAGIO

Todo comienza con viaje. Vamos de lado a lado, de ribera en ribera. Cuando las orillas se hacen hostiles, cuando encontramos que ningún lugar es nuestra casa. Entonces nos mantenemos a flote en la barca de los silencios y las palabras, única fortuna que nos queda. La literatura, y el periodismo en algún grado, son la crónica a veces no comprendida del naufragio que somos. De vez en cuando llegamos a una orilla donde la paz y el reconocimiento se nos revelan. Aunque vayamos de paso el encuentro nos marca, como me ocurrió en la Huerta de Calixto y Melibea, a la sombra de la vieja catedral de Salamanca y en confidencias con la memorable vieja que da nombre al clásico de la lieratura española.

TODO ESTO Y MUCHO MAS


Con el escultor holandés Mark Brusse en la inauguración de su escultura Todo esto y mucho más en el campus de Utuado de la Universidad de Puerto Rico. La obra de Brusse se inspira en los exvotos de distintas devociones religiosas populares. A su vez incorpora como exvotos o milagros algunos órganos del cuerpo humano. La obra se ubica en medio de un pequeño bosque que sirve de portal al bello recinto de UPR Utuado.

RECUERDOS QUE MATAN


De tiempo en tiempo, cuando al anochecer las calles de mi pueblo de Utuado se tornan desiertas, hago un recorrido a lo largo de la avenida Ribas Dominicci y la Calle Doctor Cueto, desde La Playita hasta el pueblo. Estas caminatas, que tienen el propósito de mejorar la salud física y emocional, se tornan en un viaje a la desolación. El caminante solitario, como lo soy la mayor parte de las veces, adquiere una perspectiva cercana, íntima de las cosas, de los objetos, de los colores y los olores de los territorios que ocupa su caminata. Se percibe la realidad en su desnudez más clara y, si uno es buen observador, se le revelan, más allá de las grietas físicas, destrozos en el recuerdo, en la memoria.
Para los que hemos recorrido esas calles por muchos años, y yo lo he hecho por más de 40, notamos de inmediato dos cosas: el abandono y el deterioro. El abandono en el sentido más gráfico y elocuente, abandono de los seres humanos de un territorio que en el pasado estuvo ocupado por gente en pródiga convivencia y abandono por las aceras destruidas, los edificios abandonados, el sentido de campo después de la batalla.
Hace algún tiempo, un compañero de trabajo y comerciante me dijo que se habían contado más de 40 lugares cerrados, algunos de ellos en total estado de abandono. Otro compañero me informó haber contado 25 usuarios de drogas en distintos puntos de la calle Doctor Cueto. Con alguno de ellos me he cruzado en mis caminatas transitando como los fantasmas que ha visto el amigo, profesor universitario y fraile franciscano, Reinaldo Saliva González. Es el cuadro repetido y repetido que verá cualquiera que camine nuestras calles, cualquiera que quiera ver.
El problema es que la mayoría de las personas en nuestra sociedad van en sus vehículos como encerrados en una burbuja que les ayuda a deshacerse de los males que le rodean. Otros han dado la situación por irremediable y perdida. Unos no osan acercarse al área urbana y otros han tomado la ruta del exilio.
Los que continuamos por distintas razones y circunstancias apegados a este pequeño territorio que se llama la Ciudad del Viví, y que por obligación o por cualquier tipo de razón nos acercamos a sus calles casi todos los días, no tenemos otro remedio que soportar la desolación como acompañante. Los que vivimos algo de tiempos mejores sentimos que la ciudad de Utuado que vibraba con calor humano y cordial convivencia hasta fines de los años 70, más o menos, es una imagen que se apaga en la memoria.
Los estudiosos de la historia saben que la cultura, las artes y todas sus manifestaciones florecen allí donde ese florecimiento es propiciado por bonanzas económicas. La bonanza de Utuado es asunto de la historia que también nos describieron Pedrito Hernández o Fernando Picó. Hace tiempo que marchamos por el camino de la decadencia en todos los órdenes de la vida. Podrán decirnos pesimistas y que dicho cuadro se repite en otros lugares, que no es propio de Utuado. Lo cierto es que con la pérdida de los empleos, la desidia gubernamental, la apatía ciudadana y la fijación en valores que nada positivo aportan a la vida ciudadana, no es mucho el optimismo que se pueda generar en estos días. Tal vez una nueva generación, pero con escasas excepciones los jóvenes tienen su mirada puesta en porvenires que los alejan del lar nativo. Ante la disyuntiva solo nos resta rescatar la esperanza de que algún día podamos caminar por las calles sin que la desolación y el abandono sean nuestras compañeros de viaje.

lunes, septiembre 06, 2004

El Viejo Yumurí

Porque todo se acaba en esta vida
Nos quedan los recuerdos más hermosos
Los paisajes de ayer que ya borrosos
Nos lanzan su inocente despedida.

Porque marchamos
de paso por las cosas de la vida
rincones del cariño siempre abiertos
a donde algunas tardes van llegando
olvidados y viejos pasajeros.

Por eso no me extraña que la sala
Hallan llegado todos mis amigos
Y que brille la luz de la rockola
Con los suaves boleros más queridos.

Ni me asombra que toquen a la puerta
Algunos visitantes conocidos
Que rumban su alegría sabatina
En aquel escenario que no olvido.

Pero hay alguien que recuerdo más que a nadie
En la acera de enfrente pensativo
Y que mira a través de los cristales
Aquel mundo de ensueño y de delirio.

El muchacho que fui no lo ha olvidado
El viejo yumurí vive conmigo.


sábado, marzo 06, 2004

Habitantes de la memoria

HABITANES DE LA MEMORIA

Por Angel Maldonado Acevedo

Habitantes de la Memoria es una crónica de monumentos y espacios utuadeños que han tenido un valor significativo en nuestra historia pueblerina. En un momento en el que la investigación de los aspectos de nuestra historia y tradición local ha quedado huérfana con la partida del Dr. Pedro Hernández Paralitici, nuestro historiador municipal.

Cuando ni en el Municipio de Utuado hay disponible un documento de divulgación que nos ayude a conocernos mejor a nosotros mismos, la iniciativa de la Profesora Sandra Enriques Seiders y sus estudiantes de Historia de Puerto Rico, adquiere un significado que no podemos dejar pasar por alto. Más aún, cuando cada día parece que las memorias locales, las mejores tradiciones y la vida de nuestro devenir histórico parecen ocupar menos la atención del habitante común, agendas como la emprendida por este grupo de estudiantes y su profesora merecen el mayor de nuestros encomios y reconocimientos.

La importancia de los espacios, sean edificios públicos, ruinas y estructuras es que nos sirven de hilo conductor, de vaso comunicante con nuestro pasado. Nos permiten acercarnos y averiguar sobre sus usos, las celebraciones, tragedias o eventos cotidianos que en ellos se dieron. De ahí que al reflexionar sobre la realidad arquitectónica o espacial se reflexiona sobre el habitante. Por eso, al hablar de la plaza la alcaldía debemos hablar de don Pepín Roig, el alcalde, juez y arquitecto que fundó el Utuado urbano, tal y como lo conocemos, aunque un poco desmejorado. De ahí que al hablar de la Escuela Francisco Ramos (La Vieja Grammar School) debemos hablar de Pancho Ramos y al hablar de la Iglesia lo tenemos que hacer de padre Gregorio o Padre Venard o tantos otros que forjaron la Parroquia Franciscana de Utuado.

Algunos de los proyectos individuales de este libro se realizaron sobre ruinas arqueológicas del Utuado que como ha dicho la pintora Carmen Mercedes Vázquez tuvo sus mejores días. Entre estos La Finca de la Malagueta, El Centro Ceremonial Caguana, el Poblado Bajo el Agua del Lago Caonillas, la Central Azucarera de Pellejas o la Planta de los Morones. Otros son sobre instituciones ya inexistentes como la Central Pellejas, El Casino de Utuado, la Hacienda Roses, el Teatro de Utuado. Algunos estudiantes prefirieron instituciones vivas como la Torrefacción Café de Aquí de don Felipe Rodríguez o la Hacienda Danielito de José Bernardo Morales. Esta diversidad enriquece el proyecto como fuente de referencia. De la misma manera, las limitaciones del proyecto, el ser una obra para un curso introductorio de Historia, sin amplias pretensiones monográficas, son a su vez un valor, pues representan, para aquellos jóvenes lectores que no conocen la historia, un motivo para ampliar sus conocimientos y curiosidades acudiendo a los textos fundacionales de nuestra historia local que sirvieron de fuente bibliográfica a los estudiantes de la profesora Enríquez. Me explico, la lectura de los breves textos pican sin duda la curiosidad y el interés. De lograrse este propósito está cumplida la misión de la profesora y sus estudiantes. Por ello debemos de felicitarlos.

Finalmente una reflexión muy personal sobre los espacios que se van perdiendo.

Los sitios o el estudio arqueológico o micro histórico que sobre ellos se constituyen nos acercan al conocimiento de nuestro pasado y nos ayudan a entender porque somos como somos. Son un recurso irremplazable de un aprendizaje significativo. Ni el mejor conferenciante, ni el texto histórico más real, sustituyen ese aprendizaje que se da tocando lo significativo, aprehendiendo el espacio como testimonio de la existencia de un pueblo. Por eso el alto nivel de motivación, según la profesora Enríquez, que este grupo de estudiantes ha sentido al preparar esta obra sencilla en sus contenidos pero sumamente valiosa en sus propósitos pedagógicos. No es para menos, han logrado un aprendizaje y manejado unas destrezas que podrán alentar, Dios lo quiera, otros proyectos más personales y abarcadores.

Para mí los espacios de la ciudad que habito significan mucho, aunque estén en ruinas o en abandono. Como poeta me adscribo a la magia que escenifican y que tal vez para algunos pase por desapercibida.

El psicólogo jungiano norteamericano Thomas Moore en El Placer de Cada Día nos dice que los habitantes como los caracoles, “cargamos con nuestros hogares cada vez que nos desplazamos de un lugar a otro, porque en última instancia el hogar reside en un lejano rincón del alma”. Nos dice, además, que las ruinas hacen por el alma de una comunidad que muchos edificios nuevos y señala, lo que nos parece el paradigma de cualquier conservacionista: “honrar las ruinas sería una forma de expresar nuestros vínculos con el pasado y reconocer la sabiduría de aquellos que no disfrutaron de nuestros avances tecnológicos” A través del proceso por el que las cosas se convierten en ruinas se revela su alma, el sentimiento del lugar, el genius loci, o genio del lugar como decían los escritores romanos.

La lectura de estos textos ha contribuido a reanimar ese genius loci que como utuadeño, y se que muchos otros lo cargan, llevo empalmado en el alma. Felicidades a la profesora y a los estudiantes y a la institución, la Universidad de Pureto Rico en Utuado que propició su publicación.



miércoles, marzo 03, 2004

Un historiador es un profeta en retrospectiva. Schlegel.

La vanidad del ñame

La vanidad es una frágil pompa de jabón cuya liviandad pesa como un tormento. Los individuos vanidosos viven en la insoportable contradicción de la fragilidad de sus poses y la pesadez de su carácter. No sé cómo pueden soportar el vivir en ese vaivén que representan sus vacías pompas y su pesado tránsito entre los demás mortales. Cargan con sus vicios como si fueran virtudes y marchan como si siempre tuvieran un espejo frente a ellos.
La vanidad que se exhibe en ciertos lugares públicos (llamémosle oficinas o pantallas de televisión) es una mercancía que los principios de urbanidad y decencia nos obligan a comprar cada día. A consumirla adentro para vomitarla afuera. Es el pago de tener que convivir en ciertas sociedades y asociaciones. La rutina que nos fuerza a la indeseada convivencia también nos da el valor para repelerla. Nos despojamos de los vanidosos como quien suelta un estornudo. Pero a veces se nos hace un poco difícil.
Las flaquezas humanas tienen su razón de ser y no hay ser sin flaquezas. Algunas de ellas se convierten en parte de nuestro equipaje, de nuestras defensas y maneras de enfrentar las realidades. Pero cuando en un individuo se unen varias flaquezas, digamos una insoportable dosis de vanidad, una pobre sensibilidad, una crasa falta de cultura y un título que pretende dignificar todos esos atributos estamos ante un verdadero caso patológico. Las virtudes que pudiera expresar tal ente se esconden, naturalmente, en el equipaje de sus insuficiencias. Por más que ahondemos en los filones de su posible nobleza, nos enfrentamos a los filones de su incurable vanidad.
“Un ñame con corbata”, oí hace algún tiempo que llamaban a un conocido “líder” de mi comunidad. Desde aquel tiempo he tratado de sacudirme a esos especimenes, pero estos parecen reproducirse como los gremlins. Tendré que adoptar una sordera filosófica para no escucharlos y unas gafas de mágica oscuridad para no mirarlos. O tendré que asumir la vida como teatro y verlo todo como una representación artificiosa de la existencia. Una comedia que podríamos titular La vanidad del ñame en honor al casi olvidado personaje que hoy he vuelto a ver reproducido con quienes tengo el desagradable honor de tropezar alguna que otra vez en mis actividades cotidianas. (Angel Maldonado Acevedo)

Eternidad

Me cansa el espejo mudo
Que me mira a cada hora
La sombra que se desflora
Como si fuera mi escudo
Todo lo entiendo y lo dudo
Urdido de vanidad
Como si fuera verdad
Que este paso por la vida
Tiene su contrapartida
En su propia eternidad.

martes, marzo 02, 2004

Hablo de mí

Vivo en una isla
Rodeada de crepúsculos.
En un mar de silencio
Que lanza oráculos inciertos.
Mi casa es un deseo radiante
Que obsede como música.
Vivo en esta ilusión
De concitar que existo.

Hablo de las palabras
Del incendio que surge
De esas oscuras sonoridades apagadas.

Hablo de las orillas
Que nunca he visitado.

De puertos que llegaron con sus viejas canciones
Hasta mi orilla despoblada.

Hablo de mí del transeúnte opaco
Del marinero en reposo.

Del ácido habitante en las orillas
Donde la voz rehuye los plácidos encuentros.

Hablo de una ventana abierta siempre.

Angel Maldonado


lunes, marzo 01, 2004

domingo, febrero 29, 2004

DE TURISTAS Y DESTERRADOS
Por Angel Maldonado Acevedo

Piensa globalmente, actúa localmente. En algún lugar de la internet recojo esta consigna de alguno de los filósofos situacionistas que estuvieron de moda en las últimas décadas del siglo XX. La frase me parece apropiada para sostener la idea del compromiso que todos tenemos con las comunidades donde convivimos, en la cual expresamos nuestros amores y desamores cotidianos, donde nacemos y donde somos enterrados.
Aunque sabemos donde nacemos y no donde vamos a morir, siempre los caminos de la deriva nos llevarán a una orilla donde una comunidad nos ofrecerá su asentamiento. Ahí pondremos a prueba la virtud de las adaptaciones propia de la gente de los caminos. Por eso no creo no conocer gente más localizada que aquella que ha sido marcada por señales de muchas sendas. Estos aprecian los oasis de toda orilla porque conocen las vicisitudes de todos los desiertos. Saben que toda comunidad irradia calor y se sostiene en el aliento de sus historias y mitos que el visitante va modificando con elementos y signos de otros lugares. El viajero es un juglar de canciones que se adaptan y le permiten sobrevivir en cualquier lugar, más aún, hacer suyo cualquier lugar. En cada comunidad la canción o la historia se rehacen, se vuelven propias, adquieren el ropaje de la nueva cotidianidad. Son historias globales que se hacen locales allí donde la deriva permite que nos asentemos un tiempo, aunque sea el tiempo breve de la canción y el espectáculo.
Todo esto nos lleva a pensar que no existen los lugares globales. Cada lugar es local sólo que ciertos lugares alcanzan gracias a la exposición mediática un reconocimiento casi universal. La mirada del turista asiste al espectáculo de lo global, en esa sobreimposición de imágenes transitorias en los que se ha convertido el turismo de nuestro tiempo. Sólo el desterrado encuentra en lo local de los nuevos lugares el espacio que el tiempo y la distancia les han quitado.
La literatura - especialmente la poesía - nos presenta millares de ejemplos que nos permiten transitar como lectores por esos espacios que el desterrado se apropia para mitigar y hacer más llevadero su exilio. Algunas de esas apropiaciones duran toda la vida y logran sustituir en el marco de la actividad cotidiana el espacio original. Este sólo queda en el recuerdo que se traduce en la mejor poesía.
Inevitablemente somos seres comunitarios y la globalización es solamente una forma de convertirnos en cifra para propósitos de usarnos como consumidores. La voz de lo global es un simulacro que intenta apagar la vida. Solamente seremos globales en la mediad en que seamos locales. En la medida en que respetemos cada identidad, cada espacio cultural. En la medida en que miremos hacia lo distinto con la pasión de lo nuestro. Es en el pequeño territorio de nuestra vida, nuestras esperanzas, frustraciones y fracasos, que se detendrá finamente la mirada de lo global. Desde todas partes volveremos a nosotros a ver el fruto de ese largo recorrido que representan nuestros exilios existenciales.
La computadora como contaminante social

Por Angel Maldonado Acevedo

Cuando las auto-impuestas demandas de movilidad y urgencia nos reducen el tiempo de atención que le podemos prestar a casi todo, se acentúa la importancia de las experiencias cuya totalidad podemos abarcar en el minuto que tenemos disponible. Vivimos en un mundo de seguir hacia delante, las experiencias que perdemos ya no son re-cobrables, pero ya vendrán otras de seguro que las sustituirán. De ahí extraordinaria cantidad de ofertas que nos ofrecen los medios y que nos obligan a ir dando saltos de canal en canal de televisión o estaciones radiales. Con la llegada de la Internet esa oferta llega hasta el ahogo. Ya no es posible seguirle el rastro a los temas. No es como una novela que nos entregan capítulo a capítulo. Se trata de que mañana enfrentaremos otras experiencias, tal vez distintas, tal vez matizadas con sorpresas. La rapidez hace que la vida se torne impredecible. La multiplicad de ofertas nos obliga a consumirlas y digerirlas hoy mismo. De sobresalto en sobresalto.
Esa vertiginosidad de la vida nos ha sido empujada por la tecnología. El fenómeno de la rapidez se une a la idea de la sincronicidad y la simultaneidad. La tecnología nos ha permitido asistir al nacimiento de la aldea global, que predijo Marshal Mac Luhan en los años 70. Los hechos (guerras, eventos deportivos, desfiles, catástrofes) ocurren y simultáneamente se convierten en eventos mediáticos que ocupan nuestro tiempo no importa en la parte del mundo en la que estemos. Participamos, a través de los medios en la historicidad de los eventos. Ya no tenemos que esperar como ocurría en el siglo XIX, que llegara un barco tras meses de viaje para traernos una noticia.
Por eso, quien entregue más rápido ejerce dominio. Bill Gates, el presidente y fundador de Microsoft, ha dicho que entre el 50 al 60 por ciento del ingreso bruto de los países industrializados proviene del procesamiento de información que se procesa a través del gigantesco sistema nervioso constituido por la comunicación vía satélites y la transmisión de imágenes y contenidos (la llamada red mundial). La información se procesa, se expide y se consume con asombrosa rapidez. Los mercados, la ley de la oferta y la demanda, están regidos por esa rapidez. No se puede dejar nada para mañana porque será muy tarde. Los seres humanos somos obligados a tomar decisiones rápidas, sin que tengamos mucho tiempo para pensarlo.
El problema es la sobre carga de información. Si en una época teníamos escasez ahora la información para tomar decisiones es abundante. Y ahí, en ese punto, de acuerdo a algunos comentaristas es que radica el problema de la sociedad de la información. Como señala el comentarista David Shenk en su esclarecedor libro Data Smog: surviving the Information Glut, la sobrecarga de información se ha convertido en un problema social, político y emocional. La sobre carga de información se convierte más que en un valor de transacción en un contaminante social. Asistimos a un gran basurero de información que nos cubre y nos trasciende. Los síntomas de la enfermedad que nos produce este basurero comienza a ser estudiado por los profesionales de la conducta. Algunos llegan a comparar los efectos sobre la mente con el consumo de los alimentos basura (yunk food) y su efecto altamente nocivo en la salud de los niños.
Shenk, el autor antes citado, opina que el gran problema es que tratemos de adoptar ese mundo como modelo de educación en nuestras escuelas (como lo predica Bill Gates). Realmente, nos dice, la computadora no es un extraordinario instrumento para un salón de clases. El mal uso de un recurso que no nació para el salón de clases (la computadora) lo que haría es contribuir a la acumulación de datos incoherentes, sin sentido, y convertir el salón de clases en un enorme basurero intelectual. Las escuelas no pueden seguir la rapidez que nos impone la industria de las comunicaciones. Las escuelas son lugares de reflexión crítica, de aprendizajes que marchen de acuerdo a los procesos evolutivos naturales, de valoración y pensamiento. Por eso, ni la computadora más rápida y versátil, ni el acceso más cómodo a la Internet, pueden sustituir un buen libro como instrumento de aprendizaje. La vertiginosidad, la acumulación de datos sin poder analizar y estudiar, aquello que Paulo Freire llamó la educación bancaria, se torna sumamente peligrosa para los estudiante, a menos que queramos crear autómatas y zombies para que sean nuestros líderes en el mañana. Si a las escuelas le metemos basura, sacaremos basura, para usar el predicamento del curso básico de computadoras que nos dice: garbage in, garbage out. Convertir las escuelas en enormes procesadores de basura intelectual sería un daño irremediable para las futuras generaciones.
29 de febrero de 2004. Año Bisiesto. Buen momento para comenzar a abrir este camino de reflexiones y comentarios que espero que sean compartidas. El mundo no cabe en unas palabras, pero ciertamente, ellas pueden abrir posibilidades a lo incierto y lo desconocido. La vida cotidiana dondequiera es la misma, lo que puede ser distintos son los milagros que en ella pueden ocurrir. Son los milagros que queremos compartir.

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Periodista, Escritor y Poeta, Ciudadano Lector